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Martes, 28 Abril 2020 15:30

Un reclamo a la Santidad desde la Escucha

“Una Luz en el camino, llamada  María Catalina”

Foto centenario recortada

Damos espacio en esta Hoja Informativa a un ferviente admirador de la Beata María Catalina que nos brinda esta su experiencia:

Me llamo G. E. Carreras, argentino. Pertenezco al Instituto Secular Pio X, de origen canadiense. Fundado por el Rev. Padre Henri Roy, de venerable memoria. Somos una comunidad de vida mixta, compuesta por sacerdotes y laicos consagrados. Nuestra espiritualidad es Nazarena, presencia en todos los ámbitos sociales como obreros. No poseemos obras propias. No tenemos parroquias, en el silencio de Nazareth realizamos nuestro apostolado. Nuestro carisma es la misión, la juventud obrera y los más pobres entre los pobres.

Pero lo que quiero contar es como consagré mi vida a Dios. Huérfano de padre y madre, mi vida tenía muchas carencias. Trabajaba muy duro durante todo el día, ganaba muy poco y de noche estudiaba con los Padres Salesianos que me habían otorgado una beca. Desde niño siempre amé a Dios y a María Santísima. Mi fuerza la encontraba cada día en la Eucaristía. Pero mis cosas no iban bien: La mala alimentación repercutió en mi salud. Me bajaba la presión y estaba débil. Fue ahí que llegue a la puerta de la casa provincial de las Siervas de María Ministras de los Enfermos. Llegué porque necesitaba que me tomaran la presión de forma gratuita. Y solo ellas lo hacen de esa forma. En la portería del convento conocí a Sor Monserrat Goñi. Ella fue para mí como el ángel que llega en medio de la desgracia. Me comenzó a tratar con mucho amor cristiano Fue de esta forma que comencé a frecuentar la casa de las Siervas de Maria. Sor Monserrat me ayudaba con medicamentos, alimentos y hasta con ropa. Un día que estábamos sentados en la sala de visitas me preguntó a “tiro de pecho”: Y usted ¿Porque no se consagra a Dios de una vez por todas? Me siguió diciendo que yo iba a misa todos los días, que rezaba la Liturgia de las Horas, el santo Rosario, que a ella le parecía que encajaría bien en la vida consagrada. En ese momento me pasaron mil cosas por la cabeza, un torbellino de susto y miedo invadió mi persona. Entonces le respondí a Sor Monserrat: “es que hermana, yo ya soy mayor y además soy pobre!” Ella me miró extrañada. Y me dijo que me iba a presentar a una amiga que está en el cielo, que podría ayudarme en todo lo que necesitaba el para bien de mi alma. Ahí sentí que un rayo de esperanza atravesaba mi corazón. Me pidió permiso para salir de la sala de visitas y al rato volvió con un libro y varias estampas. Me dijo que la amiga que está en los cielos se llama Sor María Catalina, que ella había entrado de mayor a la Congregación. Sor Monserrat, también me confesó que había entrado de mayor a la Congregación de las Sirvas de María. Escuchar todo esto fue a mis oídos como una música celestial.

Desde ese momento me hice devotísimo de Sor María Catalina. Así que cada día iba a los hospitales públicos a repartir estampas de Sor María Catalina y mis preferidos eran los enfermos terminales. A todos hablaba de la vida de Sor María Catalina. Hasta que un día fui a misa a la capilla de nuestra Señora de la Salud y le pedí a Sor María Catalina que quería consagrarme a Dios con los votos de castidad, pobreza y obediencia. Yo estaba algo decepcionado pues ya había tocado las puertas de varias congregaciones. Y todas me objetaban mi edad. Hasta que decidí hacer una novena a Sor María Catalina. Iban pasando los días y no tenía señal ninguna, pero en el último día de la novena llegó un folleto vocacional a mis manos. Estaba escrito en francés y como sabía hablar francés pude entenderlo todo. Ahí estaba la señal de Sor María Catalina que ponía en mis manos. Lo extraño era que ese instituto de vida consagrada no estaba en mi país Argentina sino en Canadá. Pero no dudé ni un instante y me decidí a escribirles. Lo más sorprendente fue que me respondieron muy rápido y sin conocerme me admitían al aspirantado. Corrí a la casa de las Siervas de María para contarles el milagro que hizo Sor María Catalina. Sor Monserrat se puso muy contenta por mi deci-sión. Pero también noté que Sor Monserrat ya se comenzaba a poner enferma. Debía viajar al Canadá y otra vez Sor María Catalina me hizo el milagro de conseguir el dinero para el viaje. Dos señoras de Buenos Aires me proporciona-ron el boleto de avión. Hice mis preparativos y viajé e ingresé a la vida consagrada.

Hoy en día, estoy misionando en la ciudad de Potosí en Bolivia. Soy superior de mi comunidad, formador, misionero, escritor, y consejero provincial. Todo esto gracias a una Madre que tengo en el Cielo que se llama Sor María Catalina Irigoyen Echegaray y también a una madrina que se llama Sor Monserrat Goñi, ambas Siervas de Maria. Esta última fue al encuentro de su amado Esposo en el año 2011. Tengo en el Cielo a dos SANTAS, a las cuales les debo mi vocación consagrada. ¡Mi única obligación es llegar a ser SANTO como lo fueron ellas!

GRACIA OBTENIDA  POR INTERCESION DE LA BEATA MARIA CATALINA

 Nos lo relatan nuestras Hermanas de Lima:

Un día en el que tenía que sustituir a nuestra Hermana encargada de la Portería, llamó a nuestras puertas una señorita que por saludo me preguntó entre lágrimas:

“¿Hay aquí alguien que escuche? ¿qué me escuche?”                          

- ¿Cómo no? le respondí, pero, antes vamos a entrar a pedirle serenidad al Maestro de la Escucha, luego hablamos. Tras momentos de oración me dijo:

- Mire hermana soy su vecina, vivimos aquí desde hace quince días. He venido visitar a mi madre con cáncer terminal y al mismo tiempo, a mí me están realizando unos estudios, pues debo tener también cáncer.

- No se angustie, le respondí: tenemos nosotras aquí una Hermana que es Beata y quiere mucho a los enfermos ¡vamos a rezarle!, tenga esta estampa para que recen en familia y mañana iré a su casa y rezaremos con su madre. Me respondió: Con mi madre no lo conseguirá, y así sucedió pues, cuando la enferma me vio, me dio la espalda. Volví los siguientes días y recibí el mismo rechazo. Al verla tan grave, avisé a un Sacerdote y juntos visitamos a la familia.

Con el Sacerdote rezamos y se le administró a la paciente la Unción de los Enfermos. El esposo y las cuatro hijas, se arrodillaron y le pidieron perdón, a lo que la enferma asintió, dando muestras de que los perdonaba.

Al día siguiente, le llevé la comunión y se la veía feliz de poder recibir, al menos, una partícula de la Forma. Rezó y se mostró agradecida por mis visitas. La hija vino, días más tarde a despedirse, pues, su madre había fallecido. Además, sus estudios sobre el cáncer habían dado negativos. Gracias todas, que atribuimos a la Beata María Catalina.